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Estamos de Luto: Falleció el grande José Luis Brown. . .

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Murió José Luis Brown este lunes, a los 62 años. El recordado defensor fue uno de los emblemas del seleccionado argentino campeón del mundo en México 1986, y estaba internado en una clínica de La Plata, afectado en los últimos meses por una enfermedad neurodegenerativa. Sus restos serán velados este martes, de 8 a 13, en la sede de Estudiantes de La Plata, el club que marcó su carrera.

 

Hasta siete futbolistas de apellido Brown con partidos en el seleccionado se encuentran en el libro "Quién es quién en la selección argentina". A seis de ellos se los puede agrupar en partidos disputados a principios del siglo pasado, entre 1902 y 1916, épocas de clásicos rioplatenses frente a Uruguay por diferentes copas. Desde Jorge, el más representativo de la familia de inmigrantes escoceses que tanto influyeron en los albores de nuestro fútbol con la fundación de Alumni, pasando por Carlos, Ernesto, Eliseo, Juan y Alfredo.

Varias décadas hay que avanzar para encontrar al séptimo Brown, José Luis, el "Tata", que no guarda parentesco con aquellos precursores, pero con los que está identificado por la pasión por el fútbol. Guiado por ese instinto, por su capacidad para convivir con el sufrimiento sin rendirse dentro de una cancha, se va de la vida habiéndose ganado la eternidad que concede la gloria de haber hecho un gol para ganar la final del Mundial 1986.

 

No iba a tener un lugar preponderante en el equipo de Carlos Bilardo que conquistó en México el segundo título para nuestro país. Llegaba con una rodilla a la miseria y el titular iba a ser Daniel Passarella, pero el capitán del campeón de 1978 cayó en cama por una intoxicación y el Tata jugó los siete partidos de la campaña. En la mañana del día del debut ante Corea del Sur se enteró de que iba a ser titular. Fue el líbero de una defensa que tenía por stoppers a Oscar Ruggeri y José Luis Cucciufo.

No estaba llamado a ser un héroe en la final con Alemania porque en una jugada de pelota detenida en contra chocó contra Dieter Hoeness y sufrió una lesión en un hombro. Cuando lo atendió el doctor Raúl Madero, lo previno: "Raúl, ni se le ocurra sacarme eh. Ni loco pienso salir. Estoy bien, ya está". Del dolor, no podía estirar el brazo, lo tenía recogido. Aplicó el mismo protocolo que en tantas horas de potrero en su Ranchos natal: con un mordiscón le hizo un agujero a la camiseta y metió un dedo para que el brazo no le quedara suelto. Así disputó el segundo tiempo.

 

Antes, a los 23 minutos del primer tiempo, había hecho el primer gol del triunfo por 3 a 2. Un cabezazo para conectar un tiro libre de Jorge Burruchaga, luego de un mal cálculo en la salida del arquero Harald Schumacher. "Era una jugada preparada; Burruchaga le pegaba con comba hacia afuera. Nos posicionábamos el Checho (Sergio Batista), el Cabezón (Oscar Ruggeri), Valdano y yo, que éramos los más altos. Cuando Burru sacó el centro, di el paso hacia adelante para elevarme y de reojo vi a Schumacher, que venía jugadísimo. Lo tenía a Diego (Maradona) adelante, así que me apoyé en el él y cabeceé", recordó una vez en El Gráfico.

 

El gol que abrió el camino al título

                                                

 

Su trayectoria en el seleccionado, entre 1983 y 1989, consta de 36 partidos y un gol, por cierto emblemático e inolvidable. "El destino y Dios quisieron que fuera en la final. Ese gol me cambió el documento. Desde entonces pasé a ser: José Luis Brown, el que hizo el gol en la final del mundo". Lo decía un zaguero que estaba en la madurez de la carrera, camino a los 30 años, que había festejado un bicampeonato con el Estudiantes que primero dirigió Carlos Bilardo (Metropolitano 1982, cuando por la penúltima fecha hizo de cabeza un gol decisivo en un 1-0 a Vélez) y después Eduardo Manera (Nacional 1983). Pero que al Mundial había llegado en medio de incertidumbres que superó con fuerza de voluntad. Tres meses antes de la cita en México se quedó sin club, Deportivo Español lo dejaba libre a causa de las limitaciones físicas de una rodilla que se le inflamaba, producto de una lesión sufrida en 1984 en un amistoso frente a Uruguay. Bilardo lo estimuló: "No importa, seguí entrenando con nosotros en la selección". El Tata ya era un agradecido con integrar el plantel: "Estaba con problemas en una rodilla y adelante tenía a un monstruo como Passarella. Cuando supe que estaba entre los 22 que viajaban, con mi familia hicimos una fiesta".

 

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Fanático de Boca -sobre su cama tenía los posters de Roma, Rattín, Madurga y Ángel Clemente Rojas-, el cariño por Estudiantes le surgió durante una excursión por La Plata en la que conoció el estadio. Los primeros años en las inferiores del Pincha le exigían levantarse a las 5.20 para tomar el ómnibus a veces, en otras hacer dedo, y cubrir los 85 kilómetros hasta la capital provincial. De regreso, a la tarde ayudaba a la economía familiar trabajando en el diario La Palabra, donde componía e imprimía.

 

Tras formarse en la disciplina Pincha, con 18 años Carlos Bilardo lo hizo debutar en primera división en el Monumental contra River. Cuando el Narigón lo dirigió en su tercera etapa en Estudiantes, le dio la cinta de capitán a principios de 1982. "Siempre digo: Carlos, como técnico y estratega, para mí es el N° 1, está arriba de todo, pero para la relación en el grupo era fundamental el profe (Ricardo) Echevarría, si no nos matábamos entre todos. Carlos lo vio trabajar en las colonias de verano de Estudiantes y se lo trajo, tenía un gran carisma el profe".

Tras 15 años de carrera en primera división, con tres incursiones en el exterior (Nacional de Medellín, Brest de Francia y Murcia de España), su último club fue Racing. Después de quedar afuera del Mundial '90 junto con Valdano en el último corte, su excompañero Miguel Ángel Russo, ya de director técnico, lo invitó a incorporarse a Lanús. Aceptó en un primer momento, pero cerca de los 34 años, los achaques en la rodilla un día lo hicieron pegar un volantazo mientras manejaba rumbo al entrenamiento, volver a su casa y decidir el retiro.

 

Sin fútbol, los primeros tiempos le mostraron un vacío al que no estaba acostumbrado, una dificultad más brava que cualquiera de los delanteros que había marcado. "Estuve muy mal, deprimido, tirado un montón de tiempo en la cama". Intentó llenar ese hueco con la dirección técnica, función en la que no prosperó porque admitió no tener "cintura política" ante los incumplimientos o las cosas que no le gustaban de los dirigentes.

Junto con Nery Pumpido fue ayudante de campo de Carlos Bilardo en Boca en 1996. Más cómodo se sintió como lugarteniente de Sergio Batista, que lo sumó a los juveniles y a quien acompañó en la dirección técnica del seleccionado Sub 23 que obtuvo los Juegos Olímpicos de Pekín 2008, con Messi, Agüero, Riquelme y Di María, entre otros.

Uno de sus hijos, Juan Ignacio, le salió futbolista, zaguero central como él. "Todos los hijos de futbolistas que lograron cosas importantes van con una carga extra, pero por suerte Juani pudo jugar varios años", dijo de quien ya está retirado y con 41 años se dedica a la dirección técnica.

Hasta hace algunos años fue comentarista de Radio Nacional en las transmisiones de los partidos del seleccionado. El deterioro cognitivo y el avance de la enfermedad lo obligaron a recluirse. "Bron, Bron.", pronunciaba Bilardo un apellido poco criollo, pero célebre en más de 100 años de historia del fútbol argentino. Tras la pionera familia Brown, en las alturas quedará aquel cabezazo del Tata, salido de un corazón guerrero.

 

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¡Gracias por todo campeon!


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